viernes 22 de junio de 2007

Desenlace

- Elsa... ya sabés... vení cuando quieras... podés venir... pero decí la verdad, ¿me quisiste alguna vez?
Despaciosamente levantó ella los párpados. Sus pupilas se agradaron. La voz llenaba el cuarto de calidez humana. A Erdosain le parecía vivir ahora.
- Siempre te quise... ahora también te quiero... nunca, ¿por qué nunca hablaste como esta noche? Siento que te voy a querer toda la vida... que el otro a tu lado es la sombra de un hombre...
- Alma, mi pobre alma... qué vida la nuestra... qué vida...
Un rizo de sonrisa encrespó dolorosamente los labios de ella. Elsa lo miró ardientemente un instante. Luego, con la voz seria de promesas:
- Mirá... esperame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo vuelvo, ¿sabés?, y entonces, si vos querés, nos matamos juntos... ¿Estás contento?
Una ola de sangre subió hasta las sienes del hombre.
- Alma, qué buena sos, alma... dame esa mano -y mientras ella, aún sobrecogida, sonreía con timidez, Erdosain se la besó- ¿No te enojás, alma?
Ella enderezó la cabeza grave de dicha.
- Mirá Remo... yo voy a venir, ¿sabés?, y si es cierto lo que decís de la vida... sí, yo vengo... voy a venir
- ¿Vas a venir?
- Con lo que tenga
- ¿Aunque seas rica?
- Aunque tenga todos los millones de la tierra, vengo. ¡Te lo juro!
- ¡Alma, pobre alma! ¡Qué alma la tuya! Sin embargo, vos no me conociste... no importa... ¡ah, nuestra vida!
- No importa. Estoy contenta. ¿Te das cuenta de tu sorpresa Remo? Estas solito, de noche. Estás solo... de pronto, cric... la puerta se abre... y soy yo... ¡yo que he venido!
- Estás con un traje de baile... zapatos blancos y tenés un collar de perlas
- Y vine sola, a pie por las calles oscuras, buscándote... pero vos no me ves, estás solo... la cabeza...
- Decí... hablá... hablá...
- La cabeza apoyada en la mano y el codo en la mesa... me mirás... y de pronto...
- Te reconozco y te digo: Elsa, ¿sos vos Elsa?
- Y yo te contesto: Remo, yo vine, ¿te acordás de esa noche? Esa noche es esta noche y afuera sopla el gran viento y nosotros no tenemos frío ni pena. ¿Estás contento Remo?
- Sí, te juro que estoy contento
- Bueno, me voy
- ¿Te vas?
- Sí...


Los siete locos, R. Arlt

lunes 26 de marzo de 2007

Las Injurias

-¿Suspiráis, mis bravos oyentes? -exclamó el petizo-. ¡Sí, son vuestros suspiros, y no un viento importuno, los que llegan hasta mí y hacen vibrar las cuerdas de mi lira! No fatigaré vuestra justificable atención con datos estadísticos. Pero, decidme: ¿quién de vosotros, reunido en un café nocturno con cien o más ejemplares de nuestro sexo, no contempló ávida, silenciosa y ferózmente a tres o cuatro divinidades femeninas que, desde un palco inaccesible, trataban de utilizar sus rebeldes instrumentos de música? ¿Quién de vosotros, digo, en un baile familiar de Villa Ortúzar, no malgastó saliva y paciencia tras el empeño inútil de bailar con alguna de las desdeñosas beldades que a ese juego inocente se prestaban y no se prestaban? Y las llamo desdeñosas porque, como si no nos bastase la insuficiencia numérica de tan adorables criaturas, debemos sufrir la altivez y superioridad con que nos tratan, superioridad que, dicho sea en honor de la justicia, sólo su ventajosa situación en plaza les confiere.
-¡Eso es! ¡Eso es! -gritaron algunas voces, mientras el resto del público rugía sordamente.
-¡Os indignáis, correligionarios! -tronó Bernini-. Una justa cólera llena vuestros pechos y se hace visible en la ferocidad de vuestras miradas. ¿Y qué decir, entonces, de la calle Florida? Ellas pasan en grupos de dos o tres unidades, vestidas y peinadas como diosas, con el aire ausente de los bichos mitológicos y la insultante soberbia de lo caro. Y, al verlas, un sagrado temor anuda vuestras gargantas; y quisierais levantar de la calle los boletos de tranvía, para que las diosas no tropiecen en ellos, o destornillarles cuidadosamente los ombligos y lustrárselos con la seda inútil de vuestras corbatas.
-¡Eso es Castelar puro! -exclamó un gallego en éxtasis.
-Ni Alfredo Palacios, en su penúltima juventud, hablaba como lo hace ahora este hombre -dijo un electricista con los ojos llenos de lágrimas.
-¡Ay, señores! -agregó el petizo-. En vano afeitáis cotidianamente vuestras feas mejillas; en vano agotáis la imaginación de vuestros sastres; en vano tratáis de suplir con masajes, depilaciones y cirugía estética el encanto que tan cruelmente os negó la madrastra Natura. Las bellas os ignoran, o fingen ingnoraros. Y ahora, ¡que vengan aquí los barbudos filósofos del norte! ¡Que vengan y expongan ante mí, si se atreven, sus barbudas teorías sobre la tristeza de Buenos Aires! ¡Yo les demostraré que nuestra tan sobada melancolía tiene su origen único en la soledad a que nos condena el otro sexo! ¡Ah, señores, confesad que alguna vez, en las vacías medianoches proteñas, habéis experimentado el ansia de llorar amargamante sobre la pundonorosa chaqueta de algún vigilante nocturno!
Adán Buenosayres, L. Marechal
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i: Inferno Canto I, Gustave Doré, 1861

martes 20 de marzo de 2007

Julia Hernández Pecho, bruja



"y Macbeth, que conversa en el páramo con las brujas que también son las parcas"
J.L.B.

Si las prostitutas abundan y por eso hablar de una puede resultar convencional, el destino que corre el ejercicio de intentar retratar a una bruja puede volverse insustancial cuando se advierte (falsamente) que la protagonista ya cumple con la cuota de fantasía del relato y ya no es necesario ningún giro literario ni narrativo para volverlo interesante.
Por lo pronto, todo en Doña Julia es misterioso hasta el punto de no saber ni el año ni la estación en que por primera vez pisó el caserío mugriento de Cachiche, en el estado peruano de Ica. Se dice, sin embargo, que apenas se hizo visible ante algunos, el pueblo se llenó de viento y de polvo, y que ese viento y ese polvo salían de la planta de sus pies. Las crónicas más difundidas la cuentan escapando de la Inquisición Española.
Era morena y su hermosura equivalía a sus poderes, que consistían, más que nada, en extirpar los males del cuerpo y en atraer al ser amado en menos de un día. Provocaba otros prodigios también; aunque con menos frecuencia, transformaba a las personas en animales.
Su historia se confunde con otra quizás porque sea la misma; cuando un noble quechua llamado Cachi se enamoró de su hija lo convirtió en un pájaro de cabeza roja y lo condenó a volar eternamente. Si paraba, se convertiría en médano, cosa que hizo finalmente cuando el cansancio lo abatió. De esa situación se bautizó al pueblo, que doña Julia custodia aún hoy.
En la entrada al caserío se alza una estatua de la bruja de Cachiche, erguida sobre su trono de metal alzando el vuelo. A su diestra un búho y a la izquierda una calavera. Quien mira fijamente la imagen garantiza su regreso al pueblo libre de perjuicios.
Hay en ese pueblo la única palmera de siete cabezas del mundo. Ella cifra la profecía o el albur que invocó doña Julia antes de morir: Ica se hundirá cuando reverdezca la séptima cabeza de la palmera que se encuentra en la laguna seca.El único año que decidieron sus habitantes tentar los poderes de la nigromante olvidando quemar la séptima cabeza, 1998, el río desbordó y la provincia quedó inundada provocando severos daños materiales y muertes.

miércoles 7 de marzo de 2007

Fragmento


«- Para hacer un ritual de magia negra - respondió la mujer soltando el humo, voluptuosa, una serie de aros que se desplazaron fuera de la pequeña zona de luz. - ¿Y esas cosas funcionan? - preguntó el Poeta, tratando a su vez de hacer aritos con el humo de su cigarrillo y fracasando. - No lo sé. Yo creo y no creo en la magia, pero creo que los que creen pueden hacer cosas terribles con ella. He visto morir de consunción a un hombre que se creía hechizado y he visto llover bajo el conjuro de una comunidad que creía que podía hacer llover. A veces sé lo que la gente piensa y muchas veces puede sentir una presencia maligna, como si dejara un residuo de olor a mierda en torno suyo. Sé hacer tés para evitar los cólicos menstruales y otros para que la gente se olvide de amores desgraciados, y cuando miro fijamente el fuego creo que descubro sombras del futuro que a veces se realizan y otras veces no. Como verá, no soy una fuente de certezas.
El Poeta estaba a punto de babear, la mujer lo tenía absolutamente cautivado. La gracia con la que movía el brazo desnudo con el que fumaba el cigarrillo, la mirada socarrona, media sonrisa permanentemente en sus labios, el aire de tristeza, la energía.»
Retornamos como sombras, P. I. Taibo II
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Imagen: Espalda desnuda de una mujer sentada, Diego Rivera, 1926

viernes 2 de marzo de 2007

María Calvo Nodarse, prostituta


ya verás que tus locuras
fueron pompas de jabón
E.C., Tango


La narración de prostitutas lleva el riesgo de ser un ejercicio forzado y dudoso. Corre el albur también de ser por entero la celebración superflua de una actividad por su simple carácter indigno o escandaloso. El término además permite variaciones sutiles, como cualquier otro, y es en consecuencia problemático.
A María Calvo Nodarse le pertenecía, de ordinario, esta imprecisa profesión. Ejerció, en la definición simple, las artes del amor, que son muchas y variadas, a cambio de favores económicos, lucros o rentas. Canjeó su experiencia y sus favores por autos americanos, accesos a la fiesta del Gobernador, rentas mensuales o entradas de cine. En sus buenas épocas, cuando la carne era joven y sus ojos celestes y tropicales, se dijo que mantenía a más de doce amantes simultáneos, “abnegados de dinero, suplicantes de amor” (Revista Bohemia, 26 de Octubre 1958) que financiaban sus caprichos y antojos.
Se presentaba con dulzura y buenos modales. Imponía su voluntad por la belleza inédita y su destreza en el trato; quienes la frecuentaron en su casa de la calle Galiano, en el Malecón de La Habana, fueron sus cautivos y sus súbditos.
Un lúcido tratado sobre mujeres (Jorge Allen,1994) reconoce la potencia autoritaria que suscita el ejercicio de la belleza. Transcribo; «Es una fuerza mucho más irresistible que la del dinero o la prepotencia. Cualquiera puede despreciar a quien lo sojuzga mediante el soborno o el temor. Por el contrario uno no tiene más remedio que amar a quien le impone humillaciones en virtud de su encanto». Natural es la hipótesis de que María Calvo Nodarse conoció la calidad de sus armas y las utilizó en consecuencia.
Entre sus 15 y sus 42 años pasó de nada a lo siguiente: cuatro lujosas casas en La Habana, cinco caballos de reputada calidad, nueve automóviles en especial un Hispo-Suiza blanco y un convertible rojo de origen americano, y más de U$S 2.000 mensuales para sus gastos y los de su familia, entre joyas y pieles de número y valor incalculable.
Se observa, no fue estrictamente una prostituta sino una especie de Mata-Hari, sino contenta, conforme de sí misma. Y sin embargo, dos circunstancias la previnieron de la felicidad y la plenitud: se enamoró de un hombre y envejeció. La primera es el desquite de sus hombres, perpetrado indirectamente acaso por la astrología. La segunda es la sustancia del mundo, hecho de tiempo.
Fue en 1934, dicen, cuando sus ojos azules se volvieron grises y los amigos del pasado modularon excusas vagas cuando ella pedía ayuda económica o compartir el lecho. Con el tiempo se fue quedando sola y su destino adoptó los tonos tenues del recuerdo y la nostalgia, revelando su figura de pompa de jabón. De a poco fue que abandonó sus gustos frívolos y de a poco, para satisfacer sus necesidades, vendió primero las joyas, después las pieles, después los caballos y los autos y las mansiones.
Finalmente murió, un raro verano de 1977, en un cuarto alquilado.
Antes de todo esto, sin embargo, tomó la secreta decisión (quizás otros lo decidieron por ella) de ser inmortal. Un cubano de visita en Buenos Aires me contó mientras tomábamos un café en La Orquídea, que María Calvo Nodarse no se fue del todo: «su fantasma curvilíneo anda y desanda la ciudad, y a veces, negligentemente, tendida sobre una desgastada piel de armiño, dormita sobre el Malecón habanero. Pocos notan su presencia».
Sus virtudes fueron muchas, aunque algunas dudosas: fue la primera mujer en tener licencia de conducir en La Habana y llevó por apodo La Macorina. Su destino fue ese mote, y los confusos procedimientos que convierten a los hombres en leyendas y mitos.
Reproduzco, en su totalidad, la apoteosis metafórica de la mujer y los frutos, que en la voz de Chavela Vargas se vuelve inquietante y erótico:

Tus pies dejaban la estera
y se escapaba tu saya
buscando la guardarraya
que al ver tu talle tan fino
las cañas azucareras
se echaban por el camino
para que tú las molieras
como si fueras molino.

Tus senos, carne de anón,
tu boca una bendición
de guanábana madura,
y era tu fina cintura
la misma de aquel danzón
caliente de aquel danzón.

Después el amanecer
que de mis brazos te lleva,
y yo sin saber qué hacer
de aquel olor a mujer,
a mango y a caña nueva
con que me llenaste al son
caliente de aquel danzón.

Ponme la mano aquí, Macorina
ponme la mano aquí.
______
Imagen: La Macorina, Cundo Bermúdez, 1978

miércoles 28 de febrero de 2007

Prólogo

Mi vida ha pasado entre mujeres; mis interlocutores más constantes -salvo unos pocos amigos- siempre fueron mujeres; si en mis cuentos deslizo alguna queja, entonces, no es por indiferencia hacia ellas sino porque de alguna forma yo he sido su mártir
A.B.C.
Mis universos han sido tímidos y deshonestos. Jamás estuvieron atestados de luminosos prodigios tanto como de tradicionales y clásicos asombros, más bien obvios o definitivamente obvios. Han sido humildes, como «aquel Maldonado, con menos agua que barro».
Su única virtud acaso haya sido que estuvieron siempre poblados por mujeres. Esto es lo mismo que decir que han estado siempre poblados por historias de amor. Y también que han sido siempre mentirosos y supuestos.
Las historias de amor –las mujeres– son un ejercicio de la literatura, pues son a través de éstas que intuimos, a veces y en chispazos, la existencia de otros mundos diferentes a éste, que designamos con el nombre de realidad.
Anhelamos esas otras existencias. Este anhelo es la secreta sospecha de que podrían no existir o de que definitivamente no existen. Y por eso, día a día, las alimentamos, las exageramos, las amplificamos. Rabiosamente, hasta volverlas inapelables y tangibles.
Por eso, de entre todas las historias de amor –de entre todas las mujeres–, las más verdaderas son las imposibles.
Tres circunstancias relacionan el amor imposible con la imaginación de los hombres, esto es, con su esencia y con el arte: a) el amor imposible es trágico [Alejandro Dolina habla de una doble tragedia: amar a quien no puede amarnos y ser amados por quien no podemos amar], b) el amor imposible es una vida que no ha de ser vivida y c) el amor imposible es infinito, es decir, son todas menos algunas, las que sí nos dan pelota.
En todo, el amor imposible es aquello que no es o que pudo haber sido. Es, en suma, una sombra («a walking shadow», una “sombra errante”, dirá Macbeth), que es equivalente a decir que no es nada.
Esta característica es la que le infunde su infinita nobleza pues nunca será objeto de las distracciones del tiempo, de los años que todo lo envilecen, de los antojos del olvido.
No podemos decir, sin embargo, que los amores imposibles no existen. La tristeza que nos provocan es su prueba irrefutable. Algunos poetas, envalentonados por la bebida, se han aventurado en el siguiente parecer: que las penas de amor son lo más verdadero que hay en la vida y lo más parecido a la muerte.
Por mi parte, el amor imposible tiene los ojos de una chica que nombran mil canciones, que además son una línea de Bioy Casares, "amaneceres como grutas de agua", que significa una cosa para la cual el hombre no tiene otros símbolos.
Charles Dickens se refirió a ella una vez, bajo la excusa de la primavera; «summer in the light and winter in the shade».
Tenía, además, muchos nombres y apariencias. Había sido al principio Paola que, luego lo supe, jamás fue aquella de la que me enamoré. Luego variaciones de nombres y de lugares; La Francesa en Santa Catalina, La Madre en Valle Grande, La panadera –jamás la conocí– en Villa Gessel.
Una vez fue en Lavalleja y Corrientes y me hizo notar que era castaña cuando le dije “morocha, sos más linda que todas”. Otra vez se fue con otro y era morocha y de una ciudad donde las calles no se ajustan a incoherencias.
Siempre han sido y serán las ninfas del arroyo Maldonado, que son las colegialas que caminan por mi barrio y La Mujer Más Hermosa del Mundo, que de tan hermosa es imposible, y de tan imposible nadie la ha visto jamás.
Y también esas otras, inapelables, que viven en la luna y en los bondis y que están para inferirnos los versos y la correcta evocación de historias.
Lo que aquí presento será este catálogo inconcluso para siempre de mis amores imposibles.
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Imagen: Study for the quarrel of Oberón and Titania, Sir Joseph Noel Paton, 1849