miércoles, 28 de febrero de 2007

Prólogo

Mi vida ha pasado entre mujeres; mis interlocutores más constantes -salvo unos pocos amigos- siempre fueron mujeres; si en mis cuentos deslizo alguna queja, entonces, no es por indiferencia hacia ellas sino porque de alguna forma yo he sido su mártir
A.B.C.
Mis universos han sido tímidos y deshonestos. Jamás estuvieron atestados de luminosos prodigios tanto como de tradicionales y clásicos asombros, más bien obvios o definitivamente obvios. Han sido humildes, como «aquel Maldonado, con menos agua que barro».
Su única virtud acaso haya sido que estuvieron siempre poblados por mujeres. Esto es lo mismo que decir que han estado siempre poblados por historias de amor. Y también que han sido siempre mentirosos y supuestos.
Las historias de amor –las mujeres– son un ejercicio de la literatura, pues son a través de éstas que intuimos, a veces y en chispazos, la existencia de otros mundos diferentes a éste, que designamos con el nombre de realidad.
Anhelamos esas otras existencias. Este anhelo es la secreta sospecha de que podrían no existir o de que definitivamente no existen. Y por eso, día a día, las alimentamos, las exageramos, las amplificamos. Rabiosamente, hasta volverlas inapelables y tangibles.
Por eso, de entre todas las historias de amor –de entre todas las mujeres–, las más verdaderas son las imposibles.
Tres circunstancias relacionan el amor imposible con la imaginación de los hombres, esto es, con su esencia y con el arte: a) el amor imposible es trágico [Alejandro Dolina habla de una doble tragedia: amar a quien no puede amarnos y ser amados por quien no podemos amar], b) el amor imposible es una vida que no ha de ser vivida y c) el amor imposible es infinito, es decir, son todas menos algunas, las que sí nos dan pelota.
En todo, el amor imposible es aquello que no es o que pudo haber sido. Es, en suma, una sombra («a walking shadow», una “sombra errante”, dirá Macbeth), que es equivalente a decir que no es nada.
Esta característica es la que le infunde su infinita nobleza pues nunca será objeto de las distracciones del tiempo, de los años que todo lo envilecen, de los antojos del olvido.
No podemos decir, sin embargo, que los amores imposibles no existen. La tristeza que nos provocan es su prueba irrefutable. Algunos poetas, envalentonados por la bebida, se han aventurado en el siguiente parecer: que las penas de amor son lo más verdadero que hay en la vida y lo más parecido a la muerte.
Por mi parte, el amor imposible tiene los ojos de una chica que nombran mil canciones, que además son una línea de Bioy Casares, "amaneceres como grutas de agua", que significa una cosa para la cual el hombre no tiene otros símbolos.
Charles Dickens se refirió a ella una vez, bajo la excusa de la primavera; «summer in the light and winter in the shade».
Tenía, además, muchos nombres y apariencias. Había sido al principio Paola que, luego lo supe, jamás fue aquella de la que me enamoré. Luego variaciones de nombres y de lugares; La Francesa en Santa Catalina, La Madre en Valle Grande, La panadera –jamás la conocí– en Villa Gessel.
Una vez fue en Lavalleja y Corrientes y me hizo notar que era castaña cuando le dije “morocha, sos más linda que todas”. Otra vez se fue con otro y era morocha y de una ciudad donde las calles no se ajustan a incoherencias.
Siempre han sido y serán las ninfas del arroyo Maldonado, que son las colegialas que caminan por mi barrio y La Mujer Más Hermosa del Mundo, que de tan hermosa es imposible, y de tan imposible nadie la ha visto jamás.
Y también esas otras, inapelables, que viven en la luna y en los bondis y que están para inferirnos los versos y la correcta evocación de historias.
Lo que aquí presento será este catálogo inconcluso para siempre de mis amores imposibles.
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Imagen: Study for the quarrel of Oberón and Titania, Sir Joseph Noel Paton, 1849