-¿Suspiráis, mis bravos oyentes? -exclamó el petizo-. ¡Sí, son vuestros suspiros, y no un viento importuno, los que llegan hasta mí y hacen vibrar las cuerdas de mi lira! No fatigaré vuestra justificable atención con datos estadísticos. Pero, decidme: ¿quién de vosotros, reunido en un café nocturno con cien o más ejemplares de nuestro sexo, no contempló ávida, silenciosa y ferózmente a tres o cuatro divinidades femeninas que, desde un palco inaccesible, trataban de utilizar sus rebeldes instrumentos de música? ¿Quién de vosotros, digo, en un baile familiar de Villa Ortúzar, no malgastó saliva y paciencia tras el empeño inútil de bailar con alguna de las desdeñosas beldades que a ese juego inocente se prestaban y no se prestaban? Y las llamo desdeñosas porque, como si no nos bastase la insuficiencia numérica de tan adorables criaturas, debemos sufrir la altivez y superioridad con que nos tratan, superioridad que, dicho sea en honor de la justicia, sólo su ventajosa situación en plaza les confiere.-¡Eso es! ¡Eso es! -gritaron algunas voces, mientras el resto del público rugía sordamente.
-¡Os indignáis, correligionarios! -tronó Bernini-. Una justa cólera llena vuestros pechos y se hace visible en la ferocidad de vuestras miradas. ¿Y qué decir, entonces, de la calle Florida? Ellas pasan en grupos de dos o tres unidades, vestidas y peinadas como diosas, con el aire ausente de los bichos mitológicos y la insultante soberbia de lo caro. Y, al verlas, un sagrado temor anuda vuestras gargantas; y quisierais levantar de la calle los boletos de tranvía, para que las diosas no tropiecen en ellos, o destornillarles cuidadosamente los ombligos y lustrárselos con la seda inútil de vuestras corbatas.
-¡Eso es Castelar puro! -exclamó un gallego en éxtasis.
-Ni Alfredo Palacios, en su penúltima juventud, hablaba como lo hace ahora este hombre -dijo un electricista con los ojos llenos de lágrimas.
-¡Ay, señores! -agregó el petizo-. En vano afeitáis cotidianamente vuestras feas mejillas; en vano agotáis la imaginación de vuestros sastres; en vano tratáis de suplir con masajes, depilaciones y cirugía estética el encanto que tan cruelmente os negó la madrastra Natura. Las bellas os ignoran, o fingen ingnoraros. Y ahora, ¡que vengan aquí los barbudos filósofos del norte! ¡Que vengan y expongan ante mí, si se atreven, sus barbudas teorías sobre la tristeza de Buenos Aires! ¡Yo les demostraré que nuestra tan sobada melancolía tiene su origen único en la soledad a que nos condena el otro sexo! ¡Ah, señores, confesad que alguna vez, en las vacías medianoches proteñas, habéis experimentado el ansia de llorar amargamante sobre la pundonorosa chaqueta de algún vigilante nocturno!
Adán Buenosayres, L. Marechal
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